domingo, 21 de febrero de 2010

EN LA CIMA DEL MUNDO

Hay lugares que mantienen, para el visitante, una indiscutible capacidad de atracción gracias a su ineludible interés y a la magia que son capaces de proyectar. Algunos de nosotros, además de turistas de temporada, también somos cinéfilos a tiempo completo y, en consecuencia, exploradores de dos mundos: el real y el imaginario. A partir de esta premisa, no dudamos en acercarnos a ciertos “monumentos” que se elevan, inocentemente, como gloriosos tributos a la historia del cine; aquello en lo que se han convertido espacios muy concretos, percibidos por unos pocos elegidos como patrimonio de una nueva dimensión, situada a medio camino entre la fantasía y la realidad. Ejemplo sobresaliente de ese tipo de espacios es, sin duda, la ciudad de Nueva York. Sus calles y avenidas se convierten para el amante del cine en una suerte de yacimiento arqueológico, donde en cada esquina es posible encontrar motivo suficiente para el regocijo, capaz de hacer aflorar a ese niño que todos mantenemos vivo en nuestro interior –aunque sólo algunos ni siquiera nos molestemos en esconder- y al que, cuando resurge, sabemos dejarle alcanzar hasta el último de sus más insatisfechos anhelos. Ninguna ciudad del mundo está tan unida al cine como Nueva York, ni siquiera Los Ángeles, que muy poco tiene que ofrecer verdaderamente mágico, con excepción de ser el lugar donde residen los grandes estudios.
En dos ocasiones he visitado Nueva York, la isla de Manhattan si quiero ser más concreto, y en ambas he subido a la terraza de la planta 86 del Empire State Building; en una de ellas con el complemento de llegar aun más alto, a la planta 102, lugar donde termina ese majestuoso monumento al poder y a la ostentación, en realidad un gris edificio de oficinas en su interior pero toda una majestad de cara al mundo exterior, emplazado en una de esas decenas de esquinas glorificadas bajo el velo de la fantasía; para más señas en la que se encuentra a la altura de la confluencia de la calle 34 con la Quinta Avenida. En ninguna de esas ocasiones me encontré allí sólo; en aquel techo de la capital del mundo, en lo más alto, me acompañó siempre el rey Kong. Él ya estaba allí antes de que yo llegara, allí pasó unos minutos a mi lado, gruñéndome al oído mientras la brisa nos acariciaba el pelo, allí permaneció cuando la realidad me empujó a abandonar aquella ciudad plena de sueños y allí confío en que me estará esperando cualquiera que sea el día en que felizmente retorne para continuar soñando un poco más.

Cuando Willis O´Brien dibujó aquellos bocetos a los que más tarde daría vida en la gran pantalla, entre los que ya se encontraba la icónica imagen de Kong en lo alto de tan singular edificio, no creo que alcanzara a tener en cuenta las consecuencias de su agraciada invención, constituyendo en todo un símbolo a esa imagen de fantasía. Inaugurado el edificio en 1931, sólo dos años después ya entró a formar parte del imaginario colectivo de todo el planeta gracias a la primera y mejor versión de “King Kong”, de las tres que hasta la fecha nos ha regalado el cine. Cualquier tienda de recuerdos de Manhattan mantiene en su catalogo de “atrocidades y horteradas varias” para el turista una imagen de dicho edificio modelada en vulgar plástico, disponible en diversos tamaños y por extensión accesible a todo tipo de bolsillos, pero siempre con una figurilla de nuestro simio favorito unida –eso sí, de forma bastante torpe- a su parte más alta.

Durante decenas de años, la imagen de Kong encaramado a lo más alto del Empire State Building –que es lo mismo que decir encaramado a la cima del mundo-, luchando con los aviones que trataban de derribarle, ha permanecido, y con toda seguridad continuará haciéndolo, como un icono del siglo XX; uno de tantos, es verdad, pero quizás el más universal de todos los que el séptimo arte ha aportado a tan singular nómina; proeza a la que no estimo más remedio que dedicarle el esfuerzo de hallarle alguna explicación o, al menos, concederle una muy merecida valoración, un recuerdo cargado de sentimiento. Setenta y cinco años después, la potencia de ese símbolo permanece impoluta, fruto de una perfecta simbiosis entre el mayor homenaje posible a la fantasía que pudiera haber imaginado el hombre –Kong- y la mayor de las realidades físicas construidas con esas mismas manos -el Empire State Building-, durante años el edificio más alto del mundo y, por desgracia, nuevamente -tras la “desaparición” de las Torres Gemelas- el más alto de Nueva York-. Todo un desafío del hombre a la realidad, a la que, de alguna manera, trató de buscar los límites; aquellos precisamente que bordean con los dominios de la fantasía, frontera a partir de la cual reina Kong, y en cuya difusa linde, algunos, no nos cansaremos jamás de transitar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario